Mientras la Selección Argentina conducida por Lionel Scaloni intenta hacer historia a gran escala en el Mundial 2026, arrancando su camino eliminatorio frente a Cabo Verde este viernes, hay historias pequeñas como la de esta comunidad en Ensenada que merecen ser contadas.
Fuimos a la Asociación Caboverdeana de Ensenada que, motorizados por la actuación del seleccionado del pequeño archipiélago en el Atlántico, vivimos con ellos una de las actuaciones de dicho país en el certamen deportivo más importante de todos.
En el caso de la asociación de Ensenada, el salto en la visibilidad ha sido exponencial. No solo están siendo la sorpresa del Mundial 2026, consiguiendo pasar de grupo en segundo puesto y cruzándose en 16vos con nada más ni nada menos que Argentina.
Allí hablamos con Santiago Sosa Monteiro, integrante de la institución, quien nos contó que la asociación está pronta a cumplir 100 años en 2027 y nos explicó qué es Cabo Verde y por qué existe una comunidad de ese país en Argentina y más precisamente en Ensenada.
Los orígenes de la diáspora de Cabo Verde
Para entender por qué hay una comunidad caboverdeana en Ensenada, hay que remontarse a la historia del archipiélago. En 1890, un censo en Argentina registraba apenas 11 caboverdianos, aunque esa cifra era imprecisa: en esa época Cabo Verde era una colonia portuguesa, y sus habitantes figuraban como portugueses.
El gran flujo migratorio llegó entre 1910 y 1940, con el fin de las guerras mundiales y una de las peores sequías que asoló el archipiélago. Santiago Sosa Monteiro, integrante de la Asociación Caboverdeana de Ensenada, cuenta: «En Cabo Verde llueve cinco días al año. En la década del ’40 hubo una sequía que se extendió durante años y murió muchísima gente. Fue una de las peores épocas y de las más importantes para la emigración.»
En dialogo con Santiago Sosa Monteiro nos acercó la historia de Cabo Verde
Hay una canción que se llama Djonsinho Cabral que, según Santiago, condensa esa tragedia: un hombre alquila un terreno, siembra, no llueve, no cosecha nada y el dueño de la tierra va a cobrarle el alquiler. No tiene un peso, vende el burro, vende todo, y apenas logra pagar la deuda. «Hoy al escuchar la canción es movida, te alegra, pero la letra es una cagada», dice con ironía.
Los primeros caboverdianos se instalaron en los puertos: La Boca, Dock Sud, Mar del Plata, Bahía Blanca y Ensenada. En esta última encontraron trabajo en la Marina Mercante, el astillero y YPF. El barrio Villa Detri, llamado así por el apellido del dueño de los terrenos, se convirtió en el corazón de la comunidad porque Detri les daba facilidades de pago. «Eran buenos pagadores», dice Santiago.
Al ser buenos pagadores los caboverdeanos, Detri les dio a pagar los terrenos actuales de la institución
Pero la historia de la inmigración caboverdiana también tiene una dimensión más oscura dentro del contexto mundial. Cabo Verde fue durante siglos un puerto de personas esclavizadas, un lugar donde los portugueses concentraban el tráfico humano desde África hacia América. Santiago cuenta la historia del Negrito Manuel, el esclavo que cuidaba la Virgen de Luján.
Según la tradición, cuando intentaron trasladar la imagen a la basílica actual, la Virgen volvía siempre al lugar donde estaba Manuel. Hoy se dice que Manuel era caboverdiano, aunque Santiago advierte: «Capaz era de Senegal, de Guinea, de cualquier parte continental. Cabo Verde era un puerto de personas esclavizadas.»
Una asociación de ayuda mutua que cumple 99 años
La Asociación Caboverdeana de Ensenada se fundó en 1927, cuando un grupo de inmigrantes comenzó a reunirse en una casa de la calle Arenales. Nació como una entidad de ayuda mutua: «Che, le está yendo mal a Juancito, hay que ayudarlo. Nació el hijo de tal, vamos a darle una mano. Tal se quedó sin laburo…», relata Santiago.
El 13 de septiembre de 1927 se formalizó la institución, que hoy es la más antigua de la diáspora caboverdeana en el mundo. Hubo una anterior en Estados Unidos, pero se disolvió.
En la década del 50, el modelo de ayuda mutua se volvió insostenible económicamente. «Cada una de las coberturas terminaba siendo como una obra social», explica Santiago. «Tenés que tener una caja chica para cubrir gastos: un fallecimiento, un nacimiento, alguien que se quedó sin trabajo». Entonces, la asociación mutó a Asociación Cultural y Deportiva Caboverdeana. Pero el objetivo central nunca cambió: mantener viva la cultura.
«Siempre se hizo mantener viva la cultura, que es el lazo principal que une a todas las generaciones a través de la música, la danza, las comidas típicas, los encuentros que se hacen acá en la institución», cuenta Santiago.
Cabo Verde: el idioma que se perdió dentro de la diáspora
Una de las pérdidas más dolorosas para la comunidad fue la lengua. Los primeros inmigrantes no enseñaron el criollo a sus hijos. «Era un código para hablar entre ellos de las cosas que querían sin que los más chicos pudieran entender», explica Santiago. «Un error terrible porque no se mantuvo la lengua.»
Hoy nadie habla criollo en la asociación. Y el criollo caboverdiano no es un idioma único: cambia de isla en isla. Las del norte tienen influencia europea; las del sur, africana. «Entre las islas del sur y las del norte no se entienden entre ellos», cuenta Santiago. Incluso los nombres de los dialectos llevan inscripta la historia: badiú viene de vadio, el esclavo que escapaba al interior de las islas; sampadjudu, de sempre ajuda, el que siempre estaba dispuesto a colaborar.
Santiago recuerda una anécdota que lo marcó. Fue a conocer a sus primas hermanas en Cabo Verde, mujeres mayores que no habían terminado la primaria. «No te hablan portugués, no lo entienden. No es que no lo hablan, no lo entienden. Entonces yo iba, me sentaba a hablar, y era mirarnos y hacernos gestos. Si no tenía alguien que me traduciera, era como que iba a visitar a nadie.»
La gastronomía como excusa
La comida es el gran factor aglutinador de la comunidad. La cachupa, el guiso tradicional de maíz, porotos, verduras y carnes, se cocina en Argentina con un agregado que no existe en el archipiélago: la carne de vaca. «Es cachupa argentinizada», dice Santiago.
En la asociación, cualquier evento es excusa para hacer cachupa. «Aprovechamos el 25 de Mayo y hacemos cachupa de la Revolución de Mayo, con pastelitos de postre. El 5 de julio es la Independencia de Cabo Verde, la unimos al 9 de Julio y hacemos la cachupa de las Independencias», cuenta entre risas.
También preparan un postre típico llamado kuskus, a base de harina de maíz, que según cuenta acá lo argentinizaron con un ingrediente típico: dulce de leche. Santiago aprendió la receta de un caboverdiano y la perfeccionó. «Queda riquísimo, con la consistencia como la cocada. O sea, es caboverdiano pero argentinizado. A mi familia le encanta, cada vez que hago se enloquecen para comer.»
Ensenada y Cabo Verde: la solidaridad que viene de lejos
Hay un rasgo que Santiago identifica como el más profundo de los caboverdianos: la solidaridad. Y viene de la experiencia de haber tenido poco.
«Mi abuelo ponía la mesa, mi mamá o mi abuela, y ponían un plato de más, y mi abuelo decía: ‘a alguien le falta comida’. Y no comía, se iba a recorrer la casa de todos los paisanos a ver a quién le faltaba comida«, cuenta Santiago.
Ese gesto, dice, lo marcó: «A mí cuando me pasa me revuelve el estómago, porque no puedo salir a recorrer Ensenada entera para ver si a alguien le falta comida. Pero mi abuelo lo hacía.»
También comparten con los argentinos el afecto físico. Santiago comentaba sobre unos chicos de un programa que habían ido a Suecia y le contaron que durante la pandemia el gobierno pidió mantener dos metros de distancia. Y ellos se preguntaban: «¿Por qué tan corto? Estamos tan cerca.» En cambio, el caboverdiano y el argentino comparten el toqueteo, el abrazo, el compartir. «Acá no, acá el caboverdiano y el argentino comparten eso del abrazo, del estar juntos», dice.
Racismo y pertenencia
Sobre la discriminación, el relato de Santiago es matizado. «Existe, recontra existe», admite. Pero no lo vive como una segregación sistemática como en otros países. «Lo sufren los judíos, lo sufren los albinos, lo sufren los altos, los bajos. No es algo de una segregación sistemática del africano o del descendiente, como en otros países se dio.»
Amílcar Cabral, líder de la lucha por la independencia de Cabo Verde y Guinea-Bisáu, es una de las figuras más influyentes de la historia del archipiélago
Cuenta una conversación con un amigo caboverdiano, el Negro Silva, ya fallecido. Santiago le preguntó si había sufrido discriminación en la zona. La respuesta de Silva fue contundente «Si a mí me decía algo alguien, no me dejaban responder mis amigos. Yo te puedo asegurar que lo masacraban a trompadas. Jamás nadie en mi entorno permitió que a mí me discriminaran.»
El Mundial 2026 y la visibilidad
La actuación de Cabo Verde en el Mundial disparó la visibilidad de la comunidad. En una semana, la asociación ganó 600 seguidores en redes sociales, llegando a 2200. Mucha gente se acercó a preguntar sobre su ascendencia.
Santiago sabe que el fervor puede ser pasajero. «Cuando clasificó al Mundial duró una semana esa euforia, ahora durará hasta que pase el partido. Pero la gente ya se contactó, ya conoció la colectividad, y está bueno porque genera un vínculo.»
Ese vínculo ya se traduce en hechos concretos. Santiago tiene una agencia de viajes y ve como ya se está moviendo las consultas sobre paquetes de viaje a Cabo Verde. También vio que otra agencia, sin relación con la colectividad, publicó un flyer promocionando el destino.

Uno de los problemas para aquellos con descendencia caboverdeana que se acercan a la institución es que los registros históricos son escasos. «Lamentablemente no tenemos un registro de caboverdianos. Ni acá, ni en Dock Sud, ni en el Museo del Inmigrante. Si das tu nombre te pueden decir ‘Juancito vino en tal barco’, pero no de qué isla ni nada.»
Para rematar, dentro del contexto de los 100 años de la institución, esta no fue pensada únicamente para quienes tengan algún lazo con el archipiélago que está haciendo historia en el Mundial, sino también para toda la gente de la comunidad que quiera sumarse a compartir y enaltecer la cultura caboverdeana en suelo argentino.
«Hay gente que es más caboverdiana que uno mismo, o está a la par, y se merece ese reconocimiento, porque si no, esto solo no se podría haber hecho», dice Santiago, recordando vecinos y amigos con los que comparte el amor por la institución.
